sábado, 11 de noviembre de 2017

Novena Al Espiritu Santo

Espiritu Santo

Por la señal, etc...

Ven, oh Santo Espíritu: llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. 

V/.- Envía tu Espíritu, y las cosas serán creadas.

R/.- Y renovarás la faz de la tierra.

Oración

Oh Dios, que con la claridad del Espíritu Santo iluminaste los corazones de los fieles; concédenos este mismo Espíritu para obrar con prudencia y rectitud, y gozar siempre de sus consuelos inefables. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Veni Creatur Spiritus

Ven, Creador Espíritu, 
de los tuyos a la mente a visitar; 
a encender en tu amor los corazones
que de la nada plúgote crear.

Tú, que eres el Paráclito
llamado y don altísimo de Dios;
fuente viva, y amor, y fuego ardiente,
y espiritual unción.

Tú, septiforme en dádivas.
Tú, dedo de la diestra paternal; 
Tú, promesa magnífica del Padre,
que el torpe labio vienes a soltar.

Con tu luz iluminas los sentidos,
los afectos inflama con tu amor;
con tu fuerza invencible corrobora
la corpórea flaqueza y corrupción.

Lejos expulsa al pérfido enemigo,
envíanos tu paz;
siendo Tú nuestro guía,
toda culpa logremos evitar.

Dénos tu influjo conocer al Padre,
dénos también al Hijo conocer,
y del uno y del otro, oh Santo Espíritu,
en ti creamos con sincera fe.

A Dios Padre alabanza, honor y gloria,
con el Hijo que un día resucitó
de entre los muertos; y al feliz Paráclito
de siglos en la eterna sucesión.

Oración Para Todos Los Días

Oh divino amor, oh lazo sagrado que unes al Padre y al Hijo, Espíritu Todopoderoso, consolador de los afligidos, penetra en los profundos abismos de mi corazón. Derrama tu refulgente luz sobre estos lugares incultos y tenebrosos, y envía tu dulce rocío a esta tierra desierta, para reparar su larga aridez. Envía los rayos celestiales de tu amor hasta el fondo más misterioso del hombre interior, a fin de que penetrando en él, enciendan el vivísimo fuego que consume toda debilidad y toda languidez. Ven, pues, ven dulce consolador de las almas desoladas, refugio de los peligros y protector en las tribulaciones. Ven, Tú que lavas las almas de sus manchas y curas sus heridas. Ven, fuerza del débil y apoyo del que cae. Ven, doctor de los humildes y vencedor de los orgullosos. Ven, padre de los huérfanos, esperanza del pobre y vida del que comenzaba a languidecer. Ven, estrella de los navegantesy puerto de los náufragos. Ven, fuerza de los vivos y última esperanza de los que van a morir. Ven, oh Espíritu Santo. Ven y ten misericordia de mí. Dispón de tal suerte mi alma y condesciende con mi debilidad con tanta dulzura, que mi pequeñez encuentre gracia delante de tu grandeza infinita; mi impotencia delante de tu fuerza, y mis ofensas delante de la multitid de tus misericordias; por Nuestro Señor Jesucristo mi Salvador, que con el Padre vive y reina en tu unidad por todos los siglos de los siglos. Amén.

(San Agustín, Meditaciones, IX)

DÍA PRIMERO

¿Qué debo hacer para hallarte, Dios mío?

¿Qué debo hacer para hallarte, oh Dios mío, a Ti que eres mi verdadera vida? Buscarte a Ti es buscar la vida bienaventurada. Pliegue a tu misericordia insirarme el deseo de biscarte siempre, porque, así como mi alma es la vida de mi cuerpo, del mismo modo Tú, Señor, eres la vida de mi alma.
Oh, verdad, luz de mi corazón, y no mi propio espíritu, que no es más que tinieblas. Me he dejado arrastrar al torrente de las cosas que pasan, y pronto se halló mi inteligencia cubierta de una profunda noche. Mas en ese estado de oscuridad no he dejado de amarte; en mi extravío me he acordado al fin de Ti. He oído a lo lejos tu voz que me llamaba. Apenas ¡ay!, la he oído, a causa del ruido que mis pecados hacían en mi corazón. Sin embargo, la seguí al fin, y héme que vuelvo fatigado, sediento y jadeando a la fuente vivificante, que eres Tú mismo. ¡Haz que nadie me impida apagar la sed de esas aguas celestiales! Que beba en ellas para recobrar la vida; porque lejos de Ti hallé la muerte. Yo no puedo vivir sino en Ti solo, oh Dios mío.

(San Agustín, Confesiones)

 Veni, Sancte Spiritus

Ven, oh Santo Espíritu,
y del alto empíreo
un rayo de tu luz dígnate enviar;
ven, dador de dádivas,
Padre de los míseros,
ven, nuestros corazones a inflamar.

Hésped de las almas, 
dulce refrigerio, 
óptimo y eficaz consolador;
bálsamo en el llanto,
tregua en la fatiga,
plácida sombra en festival ardor.

¡Oh luz dichosísima!
Llena lo más íntimo
de las entrañas de tu pueblo fiel;
pues nada en el hombre,
sin tu excelso númen,
inculpable ni justo puede haber.

Lava allí lo sórdido;
riega lo que es árido;
sana lo que sufrió golpe mortal;
dobla ya lo rígido; 
arda al fin lo gélido;

Lo descarriado ven a gobernar.
Calma aquí a tus fieles,
los que en ti confían,
de tu sagrado septenario don;
dales gracias y mérito;
dales feliz éxito.
Y el celestial eterno galardón.

El Magníficat

Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu ha saltado de regocijo en Dios mi Salvador.

Porque ha mirado la humildad de su sierva, y he aquí que ya todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

Porque el que es omnipotente ha hecho en mí grandes cosas; y su nombre es santo.

Y su misericordia se propaga de edad en edad sobre todos los que le temen.

Él desplegó la fuerza de su brazo: disipó los designios que los soberbios formaban en su corazón.

Derribó a los poderosos y ensalzó a los humildes.

Colmó de bienes a los hambrientos; y a los ricos despidió sin cosa alguna.

Levantó a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

Según había prometido a nuestros padres, Abraham y su descendencia, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración A Nuestra Señora

Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, Hija de Dios Padre, Madre de Dos Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección e implorado tu socorro haya sido abandonado. Animado de esta confianza, oh Virgen de las vírgenes, vengo a Ti. Gimiendo bajo el peso de mis pecados me posterno a tus plantas. No despreciéis mis oraciones, oh Madre del Verbo, sino escúchalas y dígnate acogerlas favorablemente.

Siete Padrenuestros, con Avemarías y Gloria, para alcanzar los dones del Espíritu Santo.

DÍA SEGUNDO

Señor, abre mis ojos

Oh Luz que veía Tobías, cuando con los ojos cerrados mostraba a su hijo el camino de la vida inmortal; Luz que veía Isaac en el fondo de su corazón, cuando oscurecidos los ojos del cuerpo, contaba a su hijo las cosas futuras; Luz que veía Jacob, cuando, instruído interiormente, predecía a sus hijos las cosas del porvenir; Luz invisible, para la que están descubiertos los abismos del corazón. Yo sé que las tinieblas se esparcen por las profundidades de mi inteligencia; pero Tú eres Luz. Yo sé que espesa oscuridad se levanta sobre las aguas de mi corazón, pero Tú eres Verdad.

¡Oh Luz venturosa! Tú no puedes ser vista sino de los corazones puros. "Biennaventurados los corazones puros, porque verán a Dios". Lávame, virtud purificante; cura mis ojos, a fin de que pueda contemplarte. Esplendor inacesible, has que un rayo de luz eche abajo las escamas de mi antigua ceguedad. Te doy gracias, oh Dios, porque ya veo: dilata mi vista, Señor, dilátala en Ti. Corre el velo a mis ojos para que considere las maravillas de tu Ley.

Gracias te sean dadas, oh Luz mía, porque ya veo, aunque todavía como en un espejo, y en enigma. ¿Cuándo te veré frente a frente? ¿Cuando vendrá ese día de alegría y de gloria, en que entre en tu admirable santuario, en que sea saciado mi deseo, y vea al que siempre me ha visto?

(San Agustín, Soliloquios)

DÍA TERCERO

Quiero conocerte, oh Dios mío.

Quiero conocerte, oh Dios mío, a Ti que me conoces hasta el fondo de mi corazón. Quiero conocerte, fuerza de mi alma. Muéstrate a mí, consolador mío; ven, plenitud de mi espíritu; quiero verte, luz de mis ojos; quiero hallarte, supremo objeto de mi deseo; quiero poseerte, amor de mi vida, eterna belleza. Consérvate siempre en el fondo de mi corazón, vida bienaventurada y soberana dulzura. Has que te ame, Dios mío, Creador y refugio mío, dulce esperanza mía en todos mis males. Goce yo de Ti, perfección divina, sin la cual nada hay perfecto. Abre las profundidades de mi oído a tu "palabra, más penetrante que una espada cortante", y haz que oiga tu voz. Alumbra mis ojos, luz incomprensible, a fin de que deslumbrados con el brillo de tu gloria, no puedan ya ver las vanidades.
Dame, Señor, un corazón que piense en Ti; un alma que te ame; un espíritu que se acuerde de tus maravillas; una inteligencia que te comprenda; una razón que esté siempre adherida fuertemente a Ti. Oh vida, por quien todo respira; vida que me das el ser; vida que eres mi vida, sin la cual yo muero, sin la cual caigo en la aflicción; vida dulce, vida suave, vida siempre presente a mi memoria, ¿dónde estás? ¿Dónde te halaré, para que me deje a mí mismo y no viva más que en Ti?

(San Agustín, Soliloquios, Cap I)

DÍA CUARTO

Te he amado demasiado tarde

Te he amado demasiado tarde, belleza siempre antigua y siempre nueva: te he amado demasiado tarde. Tú estabas dentro, y yo fuera; y aquí era donde te buscaba. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo; y tus obas que sin Ti no habrían existido,  me retenían lejos de Ti. Daba vueltas alrededor de ellas buscándote; pero deslumbrado por ellas me olvidaba de mí mismo. Pregunté a la tierra si era mi Dios y me respondió que no; y todos los seres que están en ella, me hicieron la misma confesión. Interrogué a todas las criaturas y me respondieron: nosotras no somos tu Dios: búscale sobre nosotras. Y volví a mí; entré dentro de mí mismo y me dije: ¿y tú quién eres? Yo me respondí: soy un hombre racional y mortal.

Y comencé a discurrir lo que esto significa. Profundicé desde más cerca la naturaleza del hombre y dije: ¿de dónde viene tal ser? Señor, mi Dios, ¿de dónde viene, si no es de Ti? Tú eres quien me has formado a mí mismo. ¿Quién eres Tú, por quien todo vive, Tú, por quien yo vivo?

¿Quién eres Tú, mi Señor y mi Dios, único poderoso, único eterno, incomprensible, inmenso, que siempre vives y en quien nada muere?

¿Quién eres Tú, y qué eres para mí? Dilo, oh misericordia mía, dilo a tu pobre siervo. Dilo en nombre de tu bondad: ¿qué eres Tú para mí? Di a mi alma: Yo soy tu salud. No me ocultes tu rostro, no sea que muera. Déjame dirigirme a tu clemencia, a mí que no soy más que tierra y ceniza.

Déjame hablar a tu misericordia, pues ella ha sido grande sobre mí. Dime, responde, oh misericordia mía, en nombre de tus bondades, qué eres Tú para mí? Y he aquí que has hecho resonar una gran voz en el fondo de mi corazón y has roto mi sordera. Me has iluminado y he visto tu luz y he comprendido que eres mi Dios; he aquí por qué te he conocido. Sí, te he conocido, y he sabido que eres mi Dios. He creído que eres el verdadero Dios y que el que has enviado es el Cristo. Malaya el tiempo en que no te conocí; malaya esa ceguedad que me impedía verte; malaya esa sordera en la que no te oía; malaya el tiempo en que no te he amado. Te he amado demasiado tarde, oh belleza siempre antigua y siempre nueva. ¡Te he amado demasiado tarde!

(San Agustín, Soliloquios, Confesiones)

DÍA QUINTO

Mora con nosotros, Señor

Sí, "quédate con nosotros, Señor, porque el día baja, y se hace ya tarde". Las olas de las tribulaciones han subido hasta nosotros; las alegrías del fervor se han cambiado en suspiros, y el soplo de las tentaciones ha removido nuestra alma hasta en sus últimos pliegues. "Quédate con nosotros", oh Tu paz, refugio y consuelo de los corazones atribulados. Nuestros ojos te imploran, y nuestra alma alterada suspira por Ti. "Quédate con nosotros", no sea que nuestra caridad se entibie, y nuestra luz se extinga en la noche, porque "el día baja y se hace ya tarde".

Ya ha llegado la tarde de mi vida; ya mi cuerpo cede a la violencia de los dolores; la muerte me cerca, mi conciencia se turba, tiemblo al pensamiento de tu juicio, Señor.

"Se hace tarde, el día declina; quédate con nosotros".  "En tus manos entrego mi espíritu". En Ti solo está mi salud; hacia Ti solo sé levantar las miradas. "Quédate con nosotros", a fin de que emancipándose el alma en la tarde de la vida, por medio del fervor, del yugo de las tribulaciones, le preparen la oración y el amor una dulce hospitalidad en el seno de Dios.

(San Bernardo)

DÍA SEXTO

Dios mío, ten misericordia de los que no la tienen de sí mismos

Oh, Señor y Dios mío, cuán grande es la petición que te hago cuando te pido que ames a los que no llaman a tu puerta; y que sanes a los que no sólo tienen el gusto en hallarse enfermos, sino que trabajan por aumentar sus enfermedades. Tú, has dicho, Dios mío, que viniste al mundo a buscar a los pecadores: estos son, Señor, los verdaderos pecadores. No consideres su ceguedad: considera solamente la sangre que tu Hijo derramó por nuestra salvación. Ten misericordia de los que no la tienen de sí mismos, y puesto que no quieren ir a Ti, ven Tú a ellos, oh Dios mío!

Oh Jesús, ¡cuán presentes tenías entonces todos los pecados que he cometido contra Ti! Has que cesen, Dios mío; has que cesen, así como los de todo el mundo. Salvador mío, sean tus gritos tan poderosos, que den la vida a esos desgraciados, aunque no te la pidan, como no te la pidió Lázaro.

Tú hiciste ese milagro en favor de una mujer pecadora. Pues aquú tienes, Señor, una que lo es mucho más. Muestra, pues, la gradeza de tu misericordia. Yo te la pido, aunque miserable, para los que no quieren pedírtela. Yo te la pido en su nombre, con la seguridad de que esos muertos resucitarán tan pronto como empiecen a volver en sí mismos, a conocer su miseria y a pedirte su gracia.

(Santa Teresa, Meditaciones)

DÍA SÉPTIMO

Yo no veo en mí mas que imperfección

Oh Dios de mi alma, Vos que tanta compasión y amor tenéis por ella, habéis dicho: "Venid a Mí, vosotros los que estáis abrimados de pena y de trabajo, y Yo os aliviaré". "Venid todos los que tenéis sed, y Yo os la apagaré". Oh Vida que dais la vida a todos; fuente celestial de la gracia: no me neguéis esa agua tan dulce que prometéis a todos los que la desean.

Pero, oh Señor y Dios mío, ¿cómo los que tan mal os han servido, y no han sabido conservar lo que les habéis dado, pueden atreverse a pediros nuevos favores? ¿Quién puede fiarse de uno que tantas veces le ha vendido? ¿Qué puede pediros una criatura tan miserable como yo?

¡Bendito sea eternamente el que me da tanto y a quien doy tan poco! Porque, ¿qué os da, Señor, un alma que no renuncia a todo por vuestro amor? ¿Y yo no estoy acaso infinitamente distante de haberlo hecho?

Yo no veo en mí más que imperfección, y cobardía en tu servicio, y a veces quisiera haber perdido el sentido, para no saber hasta dónde llega el exceso de mi miseria. Vos solo, Señor, sois capaz de remediarla: así os lo suplico; no me neguéis esta gracia, oh Dios mío.

(Santa Teresa, Meditaciones)

DÍA OCTAVO

Oh Dios, cuán pobre es mi alma

¡Oh Dios, cuán pobre es mi alma! Es una verdadera nada, de donde sacas poco a poco el bien que quieres derramar en ella: no es más que un caos, antes de que Tú comiences a poner en claro todos tus pensamientos.

Tú comienzas por la fe a introducir en ella la luz, la cual, sin embargo, es imperfecta hasta que no la formas por la claridad, y hasta que Tú, verdadero Sol de Justicia, tan ardiente como luminoso, no la abrases con tu amor. ¡Oh Dios!, loado seas siempre por tus propias obras. No basta haberme iluminado una vez; sin tu socorro vuelvo a caer en mis primeras tinieblas; porque el sol mismo es siempre necesario al aire que ilumina, a fin de que permanezca iluminado. Cuánta mayor necedad no tendré yo de que no ceses tampoco de iluminarme, y digas siempre: "¡Hágase la luz!".

¡Luz eterna! Yo te adoro, yo abro a tus rayos mis ojos ciegos; los abro y al mismo tiempo los cierro; no atreviéndome ni a partar mis miradas de Ti, por temor de caer en el error y las tinieblas; ni tampoco a fijarlas demasiado sobre ese brillo infinito, por temor de que, "escrutador temerario de la majestad", no sea yo "deslumbrado por la gloria".

(Bossuet, Elevaciones)

DÍA NOVENO

Oh Espíritu, no puedes hallar nada más pobre que mi corazón

Señor, ¿dónde está tu espíritu, que debe ser el alma de mi alma? No lo siento, no lo encuentro. Yo no experimento en mis sentidos más que fragilidad; ni en mi espíritu más que disipación y mentira; ni en mi voluntad más que inconstancia, repartida entre tu amor y mil vanas diversiones. ¿Dónde, pues, está tu Espíritu? ¿Por qué no vienen a crear en mí un corazón nuevo, según el tuyo? Oh Dios mío, comprendo que tu Espíritu se digne habitar en esta alma empobrecida, siempre se abra a Él sin tasa y sin medida. Ven, pues, oh Espíritu; Tú no puedes halar nada más pobre, más despojado, más desnudo, abandonado y débil que mi corazón. ¡Oh Espíritu! ¡Oh Amor! ¡Oh Verdad!, que eres mi Dios: ámate, glorifícate a Ti mismo en mí.

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