miércoles, 28 de marzo de 2018

Novena A San Francisco De Asis

San Fracisco De Asis

Oración Para Todos Los Días

Señor mío Jesucristo, Dios Y Hombre verdadero, Padre y Redentor mío, en quien creo, en quien espero, y a quien amo sobre todas las cosas, me pesa de lo íntimo de mi corazón, de haberos ofendido y de haber sido tan ingrato a vuestros inmensos beneficios, renovando, con mis pecados las penas de vuestra pasión y muerte. Desde ahora propongo enmendarme y tener más presente vuestras penas, a imitación de vuestro fidelísimo siervo Francisco, cuya protección imploro en este día, para alcanzar de Vos lo que más convenga a vuestra mayor gloria y bien de mi alma. Amén.

Día Primero

Consideración

Considera que antes de nacer San Francisco tuvo su precursor y sus profetas; un personaje desconocido recorría con frecuencia las calles de Asís, gritando: Paz y bien, Paz y bien. San Buenaventura, San Bernardino de Sena, León X y otros, prueban que se refiere a San Francisco, aquel pasaje del Apocalipsis: Yop vi a otro Ángel que salía del Oriente, que tenía la señal de Dios vivo. Corría el año de 1182, en que los astros centelleaban con soprendente lucidez, en una noche serena y magnífica, la ciudad de Asís, en Italia; conciertos de voces angélicas, con dulcísimas armonías de gozo, resonaban hacia una antigua ermita semiderruída, llamada de Nuestra Señora de los Ángeles, cercana a la ciudad cuando he aquí que en casa de Pedro Bernardone, su esposa Pica de Bourlemont da a luz, con singular providencia, en un establo, junto a un asnillo y a un buey, un tierno niño, a quien en el santo bautismo, se puso el nombre de Juan, pero que después se le llamó Francisco de Asís. Tal fue el nacimiento de nuestro Seráfico Patriarca, tan semejante al de Nuestro Salvador Jesus de quien iba a ser imagen viva y perfecto imitador.

Medítese el don que con él hizo Dios Nuestro Señor al mundo, y por él pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

La niñez y educación de Francisco fueron, como se puede presumir, de los altos destinos a que la Providencia divina lo llamara. Aunque el jovencillo Francisco, de natural dulce, jovial, alegre y de formas simpáticas, se entretenía con los de su edad en juegos pueriles, y después, cuando de más años, afable siempre, comunicativo, y de afabilísimo trato, pero de genio elevado, emprendedor y marcadamente desprendido, seguía por oficio de su padre las fluctuaciones del comercio; Francisco, instruído por los eclesiásticos de San Jorge y asistido con singularísimo favor del Cielo, no se dejó llevar, dice su seráfico cronista San Buenaventura de la codicia, tan común a los mercaderes, ni su hermosa alma, naturalmente elevada, se manchó jamás en el lodazal inmundo de la concupiscencia, conservando hasta la muerte la rica, cuanto preciosa virtud de la inocencia. En su condición, naturalmente humana y amorosa, se había propiesto dar siempre con generosidad todo lo que se le pidiera, principalmente si se lo pedían por amor de Dios.

Cierto día, San Francisco iba elegantemente vestido, a probar sus atavíos al campo, cuando un soldado de familia hidalga, pero tan pobre, haraposo y mugriento, que bien se echaba de ver lo poco que le había servido la milicia, se presentó a San Francisco y, con acento lastimero, le pidió una limosna por amor de Dios. San Francisco movido a compasión se desprendió de sus galas y las dio a aquel pobre soldado en cambio de sus harapos. 

La noche siguiente San Francisco tuvo un sueño extraordinario. Vio un soberbio y magnífico palacio cuyas largas galerías y espaciosos salones, ricamente decorados, estaban llenos de lujosos vestidos y resplandecientes armas, en las que estaba grabada la señal de la cruz. San Francisco estaba asombrado de lo que veía, y preguntándose a sí mismo sobre el destino de aquel equipo y arsenal tan precioso, escuchó una voz que le dijo: Todo esto es para ti, Francisco, y para tus soldados. Exaltada la imaginación entusiasta de San Francisco con aquella visión y persuadido de que la suerte lo destinaba a ocupar en el mundo un lugar distinguido en la milicia, salió de Asís con ánimo de alistarse en el ejército de Gualtero de Briena; pero en el camino hallándose descansando en Espoleto, durmióse San Francisco y en su apacible sueño oyó la misma voz que antes, pero más grave y penetrante, que le decía: Francisco, ¿a quién prefieres servir?, ¿al opulento o al miserable?, ¿al vasallo o al rey? Y contestó San Francisco, trémulo, sin dudar del origen divino de la voz "Señor! dijo, al rey prefiero"; y replicó: Pues ¿cómo lo dejas por el vasallo?. Francisco dijo, ¿Qué quieres que haga, Señor? La voz dijo: Torna a tu patria, allí lo irás sabiendo. 

Volvióse San Francisco, por el camino andado, y entró de nuevo en Asís; no sabía todavía la celestial milicia a que Dios le llamaba, y de la cual había de ser esclarecido Jefe, según el Cielo lo había destinado.

Oración

Glorioso Capitán del ejército de Cristo, amadísimo padre San Francisco, ya que tengo la dicha de seguir vuestro estandarte, conseguidme del Señor sea fiel y fervoroso en seguirlo hasta la muerte. Amén.

Rezar cinco Padrenuestros, cinco Avemarías y cinco Glorias, en honor de las cinco llagas del Santo Patriarca.

Himno

Al Patriarca San Francisco.

Coro

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

Antes de tu nacimiento
nos dicen lo que serás
voces de bien y de paz
y luces del firmamento:
de gracia serás portento 
de virtudes esplendor.

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

En vil establo naciste
como en pesebre Jesús,
desde el cual hasta la cruz,
paso a paso le seguiste:
siempre tras Jesús corriste
¡con qué anhelo! ¡Con qué ardor!

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

Con la pobresa desposas, 
hollando fausto y riqueza,
clamando con entereza:
"Dios mío y todas las cosas";
de tres Órdenes famosas
llegas a ser fundador.

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

Humilde y pobre sayal
con tosca cuerda ceñido
y pie descalzo, has querido
por ibrea y por caudal;
¡Oh pobreza celestial
joya de ingente valor!

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

Sobre el Albernia arrobado
contemplabas la Pasión,
cuando a ti de alta región,
bajo un Serafín alado,
que en manos, pies y costado
te imprimió llagas de amor.

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

En Cristo crucificado
con divina maestría,
fuiste ya, desde aquel día,
perfectamente trocado;
el orbe entero admirado,
celebra tan gran favor.

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

Desnudo en el duro suelo, 
cual Jesús en vil madero
mueres por fin, y, ligero,
vuela tu espíritu al cielo,
donde, sin nube y sin velo,
gozarás siempre al Señor.

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

Seamos imitadores
de tan divino modelo,
y, con devoción y celo,
repitamos mil loores
al que es de frailes menores
luz, guía, norte y honor.

Gloria a Francisco cantemos,
nuestro Padre y Fundador
Gloria a una voz entonemos
Gloria, alabanza y honor.

V. Ruega por nosotros, bienaventurado Padre San Francisco.

R. Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oh, Dios, que por los méritos del bienaventurado Padre San Francisco habéis enriquecido a vuestra iglesia con nueva y hermosa fecundidad de santos hijos; concedednos, Señor, que imitando sus santificadores ejemplos, despreciemos todas las cosas terrenas. Amén.

Día Segundo

Consideración

Considera el estado en que se encontraba el mundo a la venida de San Francisco. Espantosas revoluciones y sociales  sacudimentos levantábanse por doquiera, en ademán siniestro contra la Iglesia; las naciones, las provincias y hasta los mismos pueblos no pensaban más que en armarse los unos contra los otros y en hostilizarse cruelmente, por lo que se ha dado en llamar espíritu de conquista. Los errores, las herejías y las sectyas, como resultado de las grandes turbaciones sociales, pululaban por doquiera y no había genios extraordinarios que los desbarataban. Victoriosa la morisma, perjuros los emperadores y los reyes,  osados los herejes, y lo que era más doloroso, corrompidas las costumbres de los fieles, ¿quién iba a detener aquel torrente?

La civilización cristiana estaba hecha jirones por los conquistadores. África ya no era patria de los Ciprianos, Tertulianos, Agustinos, etc., ya habían desamparado los anacoretas el desierto; la Grecia sólo conservaba un cristianismo desmembrado; hasta las vírgenes consagradas a Dios habían desaparecido del mundo. Irritada la cólera divina por los crímenes y horrendas abominaciones de que estaba cubierta la tierra, quiere destruír este mundo; pero la Virgen Santísima le presenta dos grandes siervos suyos: San Francisco y Santo Domingo; y a San Francisco presenta como un nuevo redentor del mundo, en quien están vinculados su suerte y sus destinos.

Medítese y pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

A poca distancia de Asís, se encontraba la Iglesia de San Damián, sola, ruinosa y desierta, cuando San Francisco era joven todavía, y su grande alma, aunque resuleta a obrar lo mejor, no atinaba en qué podía servir, con mayor provecho, al Rey de la gloria. San Francisco iba, pues, con frecuencia a la solitaria iglesia de San Damián, y en ella pasaba largas horas, arrodillado o postrado en el suelo, pidiendo a una imagen de Jesús Crucificado que había en el altar, que señalase un fin, un norte a su vida: ¡Francisco!, le dijo una voz por tres veces, levántate y repara mi casa que se hunde. Asustado el joven Francisco, al verse solo, quedó como atónito el eco de aquella voz misteriosa; vuelto en sí, resolvió poner en ejecución la que él entendía que se le mandaba: se dio a mendigar por la ciudad, hallando más burlas y atropellos que limosnas; llegó a vender un caballo y gran cantidad de paños de su casa; trabajaba todo el día, llevaba a cuestaspiedra, cal y maderas y todo lo necesario para la reparación de aquella Iglesia. Concluída esta, puso mano a restaurar otra llamada de San Pedro, por la gran devoción que le inspiraba la fe vivísima del Príncipe de los Apóstoles.

Luego quiso restaurar otra tercera, distante más de una milla de la ciudad, tan ruinosa que sólo servía de guarida a los pastores y labradores en tiempo de lluvia, llamada Santa María de los Ángeles,o Porciúncula, por ser pequeña. En todo esto preludiaba Fracisco, dice su glorioso cronista San Buenaventura, las tres Ordenes que, por inspiración divina, había de fundar para reparar la gran morada de la Iglesia Universal; mas él no lo sabía, y sólo pensaba en aquellos tres santuarios, testigos de sus primeras lágrimas y objeto de su primera solicitud.

Oración

¡Seráfico Padre mío San Francisco!, por la prontitud con que hacías todo lo que sabías ser de la mayor gloria del Señor, alcanzadme el santo ardor y anhelo en seguir siempre lo mejor, para gloria de Dios y bien de mi alma. Amén.

Día Tercero

Consideración

Considera las grandes dificultades que tuvo que vencer el Padre San Francisco, para seguir en todo, la voluntad divina, por el camino que le señalaba, y cómo triunfó de todas las repugnancias humanas. Asís, su patria, que le había visto antes tan pulcro, elegante y simpático, ignorando el comercio que San Francisco tiene con el cielo, se admira y no comprende cómo se ha alejado de la tierra, y lo trata como un loco, viéndolo desarrapado, descalzo, revuelto e inculto su cabello, crecida la barba, la tez marchita, cubierta de polvo, y en todo como fuera de sí, que ha perdido la razón humana  se conduce como un ente extraño; los muchachos se divierten en hostigarle, tirándole ya piedras, ya infecto lodo; los perros, instigados por el populacho y por su natural aversión a las figuras de miserable aspecto, le muerden y tiran con sus dientes de sus harapos, Francisco lleva todo en admirable paciencia y se siente feliz en verse tan humillado.

Su padre se avergüenza, y lleno de enojo al ver a su hijo Francisco por las calles de Asís en tal estado, y por la disipación de los bienes de familia, que a su parecer ha hecho, lo pone preso en una mazmorra de su casa, de cuya prisión, su madre, más compasiva, después de algún tiempo, lo saca.

Francisco sigue imperturbable, a pesar de eso, el camino que le ha señalado: los bienes y riquezas de este mundo no tienen para él ningún aprecio, y aún los aborrece y detesta, lo mismo que los honores y las mundanas honras. En consecuencia tiene que presentarse ante el Obispo de Asís, como reo a quien su mismo padre acusa. No importa: Francisco confiesa, sencillamente, que aún tiene algunos dineros de lo que había ganado antes con el comercio de la casa paterna; por las reclamaciones de su padre y la exhortación del Obispo, entrega esas pocas monedas; y, despojándose con extraña alegría de sus mismos vestidos, y entregándolo todo a su padre en presencia del mismo Obispo, pronuncia estas palabras memorables, que salieron de su corazón como un sollozo sublime: Hasta ahora os he llamado padre en la tierra; de hoy más podré exclamar con toda mi alma: Padre nuestro que estás en los cielos, y en Dios tendré todas las cosas.

Medítese y pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

En el precioso libro "Florecillas de San Francisco" se cuenta, con la sencillez con que escribían los antiguos, lo siguiente: Al tiempo que San Francisco andaba todavía en hábito seglar, aunque había dado ya de mano al mundo y entregado al desprecio y a la mortificación para hacer penitencia mientras que muchos le tenía por tonto y como tal era escarnecido y apedreado con lodo en las calles, tanto por sus parientes como por los extraños. 

Bernardo de Quintabal, que era de los nobles, ricos y pudientes de Asís, comenzó a considerar sabiamente en San Frencisco el gran desprecio que hacía del mundo y la paciencia con que sufría las injurias, tanto, que después de dos años de ser despreciado y vilipendiado de las gentes, parecía cada vez más constante en sus propósitos, y a pensar y a decir de sí mismo: "Imposible parece que este hermano no posea gracia extraordinaria de Dios"; y creyéndolo así, lo invitó una noche a cenar y a dormir en su casa y aceptando San Francisco, fue a cenar y a albergarse con él. Entonces le entró a Bernardo un gran deseo de contemplar la santidad de su huesped y para esto hizo poner una cama en su propia habitación, iluminada siempre de noche con una lámpara.

San Francisco, para ocultar su santidad, luego que entró en la habitación, se echo en su cama e hizo que dormía. De ahí a un rato hizo lo mismo Bernardo, acostándose y empezando a roncar con gran fuerza, como si estuviese dormido profundamente; por lo cual San Francisco creyendo verdaderamente que Bernardo dormía el primer sueño, se levantó de la cama, y poniéndose en oración con los ojos y las manos levantadas al cielo con grandisima devoción y fervor, decía: "¡Dios mío y todas las cosas!", y repitiendo esto y llorando con lágrima viva, permaneció hasta el amanecer, siempre repitiendo: "¡Dios mío y todas las cosas!" por lo cual Bernardo fue tocado e inspirado por el Espíritu Santo y en amaneciendo, llamando a San Francisco, le dijo: "Hermano Francisco, yo estoy dispuesto de todo corazón a dejar el mundo y a seguirte en todo lo que me mandares". Oyendo esto San Francisco, se alegró mucho en su espíritu. Este fue el primer compañero de San Francisco; luego, por motivos igualmente extraordinarios, se le juntaron el Canónico Pedro Cataneo y Egidio o Gil, y luego otros, hasta que se completó el número de doce siendo en esto semejante a Jesucristo.

Oración

Oh, Santo Patriarca, Padre mío San Francisco, por aquel ferviente amor a Dios que os hizo despreciar todas las cosas del mundo, hacer que yo, desprendido también de todo afecto terreno, no ame más que a Dios y le sirva con perfección hasta llegar a gozaros en la eterna gloria. Amén.

Día Cuarto

Consideración

Considera el gran respeto que tenía el Padre San Francisco al santo Evangelio, y a la viva fe en Dios y en su Iglesia. Acompañado ya de los dos primeros discípulos, Bernardo de Quintabal, rico propietario de Asís y Pedro Cataneo, opulento canónigo de aquella catedral, y viendo que ellos estaban dispuestos a seguirle, los hizo entrar en la Iglesia y después de larga y fervorosa oración, hecha la señal de la Cruz, San Francisco abrió tres veces el Evangelio, en memoria de la Santísima Trinidad, y a la vez primera salió este oráculo: "Si quieres ser perfecto, ve y vende cuanto tienes y dadlo a los pobres"; la segunda. "No llevéis nada por el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas"; la tercera: "Si alguno quiere venir, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame". Alzó San Francisco las manos al cielo y, vuelto a sus dos discípulos, exclamó: "He aquí hermanos, nuestra regla y nuestra vida, y la de cuantos quieran vivir en nuestra compañía: id, pues, y haced como habéis oído".

Un cuarto de hora después, Bernardo de Quintabal y Pedro Cataneo distribuían, en la plaza pública de Asís a los pobres de la ciudad, el dinero de sus arcas, las prendas de sus armarios y los muebles de sus casas, y en ese mismo día, al caer el sol, el rico ciudadano y el opulento canónigo no tenían más que la túnica de jerga y el cordón que San Francisco vistiera; lo mismo hicieron los demás discípulos que se fueron juntando para seguir a Cristo, con San Francisco y su santa locura.

Medítese y pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

Teniendo ya San Francisco doce discípulos resueltos a dejar el mundo y seguirle, conocida la voluntad divina, respecto del fin para que los llamara por tan nuevo camino, enteramente desconocido al mundo, se retiró a la soledad y después de muchos ayunos, penitencias y oraciones, conversando Jesucristo con su siervo Francisco como un amigo conversa con el amigo, escribió la santa Regla, dictándosela el mismo Altísimo, como dice el Seráfico Patriarca, y la confirmó con repetidos milagros entre otros el que los mismos discípulos de San Francisco oyeran la voz del mismo Dios, que decía: "Francisco, cuanto esta regla contiene todo es mío; nada tuyo; y quiero que se guarde a la letra, a la letra, a la letra; sin glosa, sin glosa, sin glosa". Escrita, pues, la Regla por inspiración divina, dispuso San Francisco ir a presentarse, con su compañía de hombres, como él hechos pobres y sencillos a Roma.

El Papa había tenido visiones terribles; entre otras vio en espíritu que la basílica de San Juan de Letrán, cabeza y madre de todas las Iglesias de la cristiandad, tambaleaba, próxima a desplomarse, y que un pordiosero, en rostro y traje igual al que andaba en Roma, sostenía con sus hombros el inmenso edificio para que no viniera a tierra. Entonces el Papa hizo buscar a Francisco por toda Roma, y al cabo dieron con él en un hospital. Cuando Francisco se presentó ante el Papa y los Cardenales, puso en manos del Pontífice la Regla y, con sencillez admirable y profundísima humildad, dijo a Su Santidad que su Señor Jesucristo le había dado aquella Regla de vida, y que suplicaba fuese aprobada por su Vicario en la tierra. El Papa se inclinaba a los ruegos del ppobrecillo Francisco, pero los Cardenales, asustados de la humildad tan extraordinaria que en ella se prescribía, y de la absoluta cuanto al parecer, sobrehumana pobreza que prendía para sí y para los suyos el pobre Francisco, la suponían como impracticable, y opinaban que no debía aprobarse,

En esto se levanta Francisco, por insinuación del Pontífice, y habla con un lenguaje tan elevado y divino, sobre su Regla, delante de aquella augusta asamblea, que todos se quedan santamente aturdidos de una elocuencia tan arrebatadora en un hombre tan sencillo; se dirige, principalmente, al mismo Soberano Pontífice, y con poesía verdaderamente divina, le pinta y describe la virtud de la pobreza de Jesucristo y sus Apóstoles, desconocida ya en el mundo bajo la bellísima parábola de una doncella pobre, pero hermosa, que habitaba en un desierto; un gran Rey se enamoró de su modestia y gentileza, y la tomó por esposa, de la cual tuvo muchos hijos, a los cuales llegados ya a la edad adulta, dijo su madre: "Hijuelos míos, no os avergoncéis, porque hijos sois del Rey: id, pues, a su corte, y él os suministrará todo lo necesario para vivir".

El Rey era Jesucristo; la hermosa doncella, la pobreza, que habita los desiertos porque los hombres la desprecian e injurian. Mas el Rey del cielo se enamoró tan perdidamente de ella, que descendió a la tierra para poseerla; la tomó desde la gruta de Belén, y de ella tuvo hijos en el desierto de la vida, apóstoles, anacoretas y tantos como el amor de Cristo a la pobreza hizo suyos en el mundo. 

Beatísimo Pare, la pobreza envía hoy a su esposo Jesucristo nuevos hijos, que nada quieren del mundo y en todo se asemejan a ella, ¿cómo podra su padre abandonarlos? Esto y tantas otras cosas diría San Francisco, que, al terminar su discurso, el Papa se volvió a los Cardenales, exclamando: "He aquí verdaderamente al que, con bras y doctrinas, sostendrá a la Iglesia de Cristo". Y confirmó su Regla.

Oración

Oh, Serafín humano, Padre mío San Francisco, que nos habéis dado una Regla escrita con el dedo de Dios vivo, y revelada por el Espíritu Santo, aprobada pro el Vicario de Cristo en la tierra y confirmada por un sinnúmero de mártires, confesores y doctores insignes, ruégote me alcancéis grande aprecio de ella, y fidelidad para guardarla hasta la muerte. Amén.

Día Quinto

Consideración

Considera la firme y segura esperanza que San Francisco tenía en Dios, por cuyo amor había dejado todas las cosas. Teniendo a Dios no veía ni quería nada. Había fundado una orden que, según se le había revelado, había de extenderse por todo el mundo y ser la más numerosa, y sin embargo, prohibe a sus frailes las herencias, las casas, el dinero; no quiere que posean, como suyo, ni siquiera un palmo de tierra. Y para proveerse del necesario alimento, les dice: Vayan a la mesa del Señor pidiendo limosna de puerta en puerta.

Intenta fundar la segunda Orden, llamada por él de Señoras pobres; parece que a estas pobres religiosas les permitirá tener bienes, porque viviendo en clausura y, sobre todo, siendo mujeres, no conviene que salgan para ir pidiendo limosna de puerta en puerta para procurarse alimento. Pues ni eso. Quiere que se contenten con lo que reciban espontaneamente de los piadosos bienhechores, y de lo que ellas podrían procurarse con una labor honesta de sus manos. Y aunque parezca esto imposible, de suerte que el Sumo Pontífice quería dispensarlas sobre esto.

Clara la primogénita y fidelísima hija de San Francisco, la fervorosísima Clara, madre de todas, rehusa humildemente tal dispensa; y sin embargo, se ha llenado Italia, Europa y el mundo entero de vírgenes franciscanas. Funda la Tercera Orden como arca de salvación que Dios le ha inspirado, para que, por ella se salven todos los hombres, sin dejar, por eso, sus estados y condiciones de vida; pero les advierte que no sean solícitos de las cosas temporales, que busquen, ante todo, a Dios y las cosas celestiales, que usen las cosas del mundo como si no las usasen, y vean que las avecillas del cielo no siembran, ni los lirios y flores del campo se visten, y sin embargo, Dios cuida de ellos.  si la pobreza y el desprendimiento, desconocidos desde el tiempo de los Apóstoles y sostenido por una gran confianza en Dios, llega a practicarse por Francisco, hombre en extremo providencial que, sin tener la propiedad de un grano de arena, sustentará los millones y millones de pobres, que a través de los siglos, asistan a su mesa.

Medítese y pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

En el año 1219 convocó San Francisco un Capítulo General en Santa María de los Ángeles, cerca de Asís con el fin de tratar del bien de la orden que hacía diez años había fundado. Al precepto del Seráfico Patriarca salieron tantos religiosos de diferentes puntos, que llegaron a reunirse más de cinco mil, los cuales, aunque de diferentes naciones y lenguas todos vestían la gloriosa divisa de Menores. Como eran tantos, tuvieron que acampar por sesiones y morar durante el tiempo del Capítulo, bajo tiendas cubiertas con mimbres y de esteras, que por esto fue llamado aquel el Capítulo de las esteras. Jamás el cielo había contemplado un espectáculo como el que le ofrecía, ya Francisco, a los diez años de fundar su orden, con semejante ejército de fervientes soldados de Jesucristo. 

Francisco, cual solícito Capitán, recorría aquel bendito campo, pasando revista a las numerosas y largas filas de sus hijos, confortando a todos y animándolos al amor de Dios y a la penitencia. Allí se empleaban en continua oración, en cantar salmos y alabanzas a Dios, teniendo pro templo la naturaleza, por altar la tienda y por cúpula los cielos; dormían sobre el duro suelo o sobre algunas ramas de árboles, y el silencio, la paz y el deseo de conquistar el cielo reinaban en aquella prodigiosa multitud. El glorioso Santo Domingo, hermanado santamente con San Francisco, se encontraba allí y trató de indiscreto a San Francisco, por haber reunido tantos miles de religiosos, sin haber proveído antes a su manutención, pero San Francisco replicó: "Esto no me pertenece a mí, sino a Nuestro Señor que, según me ha prometido, nunca faltará a los suyos". 

Y efectivamente, a poco empezaron a divisarse de todas direcciones carruajes, acémilas y personas llenas de provisiones, dirigiéndose todos hacia la llanura de Santa María de los Ángeles, llevando todo lo necesario para el sustento. Hasta los Prelados y nobles que habían acudido para ver este espectáculo, se tenían por dichosos de servir la comida a estos santos religiosos, bendiciendo la bondad divina por tanta liberalidad. Entonces Santo Domingo, maravillado de la gran fe y confianza de San Francisco, se arrojó a sus pies y el pidió perdón del juicio poco favorable que de él había formado.

Al concluír el Capítulo, San Francisco dirigió a los cinco mil hijos suyos allí reunidos, un largo discurso sobre la vanidad de las cosas mundanas, sobre la preciosidad de las celestiales y particularmente, sobre la confianza que habían de tener en Dios. Y concluyó con estas memorables palabras, tomadas a la letra: ¡Oh, mis muy amados hermanos, y para siempre benditos hijos! Oídme, oid la voz de vuestro Padre: Grandes cosas prometidas: aguardemos aquellas; suspiremos por éstas; el placer es breve, la pena perpetua el trabajo fácil, la gloria infinita; la vocación es de muchos, la elección de pocos, de todos la retribución. Amén.

Oración

Glorioso Padre mío San Francisco, ya que, por una gracia singular del cielo, tengo la dicha de pertenecer a tu santa milicia, alcánzame de Cristo, divino Rey nuestro, que, con fervoroso ánimo, te siga a ti como a esforzado Capitán, imitándote en el desprendimiento de las cosas temporales y en el aprecio de las eternas, armando, con todo ardor a Dios, hata verlo y gozarlo en tu dichosa compañía y la del numeroso ejército de Santos y Santas de tus tres Órdenes, allá en el Cielo. Amén.

Día Sexto

Consideración

Considera la profundísima humildad de San Francisco, por la cual es llamado el humilde San Francisco. Por humildad se asocia a los insultos de los libertinos que se mofan de su virtud, se confunde, cuando los aplausos de los pueblos patetizan su santidad, y gime y llora sin consuelo, creyéndose así mismo el mayor pecador del mundo, y teniéndose por indigno de que le sostenga la tierra que pisa. Por humildad rehusa ser General de la Orden que por inspiración divina ha fundado, y quiere más obedecer que mandar; por eso nombra otro superior, y está pronto a obedecer ciegamente al último novicio que le pongan de guardían. Por humildad, se horroriza santamente de la elevadísima dignidad de sacerdote, y no quiere ordenarse; por humildad, se arroja con  frecuencia al suelo, y manda que le pisen, y al mismo tiempo le insulten, como al gusano más vil y despreciable; por humildad, en fin,  inventa y hace cosas tan raras, que la historia lo reconoce por el hombre humilde por sobrenombre;  humilde en sus vestidos, humilde en sus aspiraciones, humilde en sus afectos, humilde en lo más duro que tiene el hombre, en el despojo de sí mismo y de sus más delicados sentimientos.

Medítese y pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

San Francisco, en su profundísima humildad, no podía sufrir que le tuviesen por otro de lo que él mismo se creía que era, y por eso les decía a sus compañeros que le tuvieran por el mayor pecador del mundo; pero uno de ellos le dijo un día: "¿Cómo crees que yo crea, con verdad, que tú eres el mayor pecador del mundo cuando todas las gentes y pueblos se convierten a Dios con sólo contemplar tus virtudes? Nosotros, tus hijos, vemos con frecuencia que Cristo y su divina Madre conversan contigo familiarmente, teniendo revelación de que el Señor te ha encumbrado tanto, que allá en el Cielo, entre los más alabados serafines, tiene trono, el más resplandeciente para ti. ¿Cómo puedes decir, con verdad, y cómo podemos nosotros creer que tú eres el mayor pecador del mundo? Esto no puede ser..." "Ay, hermano, -contestó entre lágrimas y suspiros el Padre San Francisco- has de saber que eso precisamente es lo que me humilla, me confunde y me hace gemir inconsolable, al ver que soy otro de lo que pensais de mí; yo sé, conozco y creo que si el hombre más pecador del mundo recibiera del Señor los favores y mercedes que yo recibo, correspondería mejor que yo a ellos, y por Dios, si levantase su mano de mí y no me sostuviera, conozco que cometería mayores males que todos los hombres, y que sería peor que todos ellos y por esto digo, y quiero que sepais la verdad que yo soy el mayor pecador y el más ingrato de todos los hombres".

Esta ciencia tan profunda de la humildad, que los sabios del mundo no conocen, la tenía el Padre San Francisco y una santidad tan grande como la suya unida a tan profundísima humildad le mereció ir a ocupar en el cielo el encumbrado trono de la gloria que Lucifer perdió por su soberbia, y del cual le hablaba, por revelación divina el compañero.

Oración

Humildísimo Padre mío San Francisco, ya que por vuestra humildad sin ejemplo en la historia de los hombres, habéis conseguido del Señor el altísimo trono de gloria, que entre serafines, ocupais en el cielo, conseguidme del mismo Dios, humillado en Belén y en el Calvario, de cuyos misterios fuisteis tan apasionado, luz para conocerme a mí mismo y gracia para imitar vuestra humildad. Amén.

Día Séptimo

Consideración

Considera la mortificación, el celo por la salvación de las almas y el grandísimo amor a Dios de San Francisco. Él era inocente, no había tiznado siquiera su frente la imagen del crimen, y no obstante, sujeta su carne virginal a los rigores de una mortificación sin rival entre los más grandes penitentes. Ya se arroja en los helados estanques, ya extiende su cuerpo sobre carbones encendidos ua se recuesta desnudo sobre las punzantes espinas. Su comida son las raíces amargas, su vestido un horroroso cilicio, su bebida el agua mezclada con lágrimas que derrama, en vista de un Dios sediento y moribundo. Arde en su pecho un fuego divino, desea convertir al mundo, manda apóstoles nuevos a todas las naciones y se lanza él mismo en las poblaciones de Europa, predicando en todas partes y fundando conventos, para comenzar su misión divina. Aspira al martirio, y embárcase repetidas veces para llevar el conocimiento de Jesucristo a los bárbaros de allende los mares, no puede conseguir la palma de los mártires, y vuelve, regresa, en alas del fervor, a los desiertos de su patria, allí desahoga su enardecido amor a Dios a rienda suelta, atruena los aires con sollozos y clamores, continua sus disciplinas hasta faltarle la sangre, y ese Ángel humanado, a no poder más desfallecido y sin fuerzas, pasa sus interminables vigilias, interrumpiendo el silencio de la noche con esa aspiración sublime: "Dios mío y todas las cosas".

Medítese y pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

Cuando San Francisco por amor de Dios, se aborrecía a sí mismo, hasta declararse como verdugo de su cuerpo otro tanto amaba y se enternecía con las criaturas, en las que veía reflejarse la bondad y magnificencia del Creador de todas ellas. Desde el sol, que espléndido alumbra los cielos y a quien San Fracisco consagró un cántico, hasta el humilde gusanillo oculto entre la hierba y la florecilla silvestre y el aire, y el agua, el átomo de arena todas esas cosas miraba el extático Serafín de Asís como hechuras de las manos de Dios, y a todas esas criaturas llamaba sus hermanitas, llegando su sensibilidad y su amor hasta hablar tiernamente con ellas. A las hormigas solía decir: "No seais de condición tan codiciosa, hermanitas mías, sino confiad más en la Providencia"; a los grajos y gorriones: "Cantad mejor las alabanzas al Señor y no forméis, hermanitos míos, tan parlera algarabía"; a un polluelo que picaba a otros pequeños por hurtarles el grano, lo maldijo, como cruel con sus hermanitos; a un lobo feroz que en el pueblo de Gubbio, devoraba animales y hasta hombres, lo volvió manso como cordero diciéndole: "Hermano lobo, tú has hecho muchos daños en este territorio, atropellando y matando las criaturas de Dios sin su licencia, por lo cual eres digno de la horca, como ladrón homicida; pero como sé que has hecho tantos daños por el hambre, pórtate bien y yo haré que no te falte el sustento". 

Los corderos, sobre todo, le movían siempre a mucha ternura con sólo verlos, y solía llorar cuando los miraba en algún peligro. A un pastor que llevaba un cordero atado, le dijo compasivo el Padre San Francisco: 
-¿Por qué llevas atado a ese inocente corderillo con sogas tan recias? 
-Porque voy a venderlo.
-¿Y qué hará el que lo compre?
-Matarlo para comer. 
El Santro Padre, al oír esto, se enterneció mucho, y dio su manto por el corderillo; y así le libró la vida.

Amaba con particularidad a los hermanos pajarillos, como él decía, y una vez, yendo de camino con Fray Maseo, se puso a predicarles, y ellos venían del aire y de las ramas de los árboles y, en derredor suyo, se ponían muy manso y muy callados a oirle; la sustancia de la plática que les hizo, fue esta, según cuentan las crónicas: "Pájaros, hermanitos míos, vosotros estáis muy obligados a alabar a vuestro Creador, porque os ha dado la vida, y con ella, graciosas alas para volar por la vasta región del aire, y picos finos para cantar sus alabanzas: además de esto, vosotros no sembráis y no segáis, y Dios os alimenta con su providencia, dándoos los ríos y las fuentes para vuestra bebida, los montes y los valles para vuestro refugio, y los árboles altos para hacer en ellos vuestros nidos, y conociendo que vosotros no sabéis hilar, ni coser, Dios os viste a vosotros y a vuestros hijos; por todo lo cual, pajaritos míos, habéis de alabar y bendecir a Dios". Y al decir estas palabras San Francisco, todas aquellas avecillas abrieron sus alas, y con apacibles gorgeos, mostraron su docilidad y su júbilo. San Francisco las miraba con grandísimo placer, y quedaba embelesado de su mansedumbre, belleza y variedad de colores, y de su familiaridad y atención en escucharle. Por eso se reprendía a sí mismo de no haber pensado antes en predicar a las avecillas, que tan reverentes oían la palabra de Dios. Por fin les dio la bendición para que volasen, y ellas se dispersaron en distintas direcciones, entendiendo el Santo, con esto,  que así irán sus hijos por el mundo, a modo de avecillas, mansas e inocentes, no poseyendo nada propio y sólo confiando en la providencia con que Dios les atiende desde el cielo.

Oración

Amantísimo Padre mío San Francisco, que con tanto rigor trataste a tu bendito y virginal cuerpo, mientras tenías en tu sensible corazón un amor y ternura sin límites para todas las criaturas; alcanzadme, Padre mío, un santo rigor para conmigo mismo, y un verdadero espíritu de caridad y dulzura para mis prójimos por amor a Dios, a quien tú tanto amaste y con tanta gloria posees en el cielo. Amén.

Día Octavo

Consideración

Considera el grande amor que tuvo San Francisco a Dios y cómo lo manifestaba. La naturaleza entera era un libro donde San Francisco contemplaba las bondades del Señor, no viendo en las criaturas sino pequeños arroyuelos de la perfección infinita de Dios hacia el cual él, de continuo se extasiaba. Ocupaba su mente en su Amado; fija en sus celestiales resplandores, se levanta extático, unas veces, sobre las copas de los árboles; volaba, otras, por la región de los aires, y acercándose tanto por la contemplación a la fuente de luz inaccesible ¿quién puede concebir la abundancia de amor que inundaba su alma?

La Imagen del Crucifijo le movía a lágrimas con sólo mirarla; la pasión y muerte de un Dios no se apartaba de su memoria, y familiarizado con ese recuerdo llenaba los aires de ardientes suspiros, regaba el duro suelo con lágrimas, se daba golpes de pecho, gritaba y se quejaba como si sintiera arrancársele el alma. ¿Qué tienes Padre? -le preguntaban sus discípulos. -¡Ay! contestaba el enamorado Serafín, lloro la muerte de mi señor Jesucristo, y me lamento de que los hombres no lloren.

Medítese y pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

Habiéndose retirado el Seráfico Patriarca dos años antes de su muerte, al monto Albernia, para ejercitarse allí con más quietud de su alma en la tierra y dolorosa Pasión de Jesucristo, regalábale Dios con tan extraordinarios favores, que ignoraba ya el seráfico Padre si vivía en este mundo. En una misteriosa noche sobretodo, parecía que todo el monte ardía en esplendente llama, que iluminaba los valles del contorno, como si el sol estuviese sobre el horizonte; San Francisco se sintió coo fuera de sí, y alzando los ojos al cielo, vio bajar, hendiendo los aires, un como Serafín con seis alas encendidas y rodeado de inefables resplandores.

Cuando llegó cerca, divisó el varón de Dios, dice San Buenaventura, que no sólo era alado, sino también crucificado dolorosamente, él que se aparecía entre tanta gloria. Al contemplarle así, inflámase el alma de San Francisco en deseos inextinguibles de amar y sufrir; amar al que en tan graciosísima y bellísima presencia, tan familiarmente se le aparecía, y sufrir por el cruento espectáculo del suplicio de cruz en que, al mismo tiempo le veía. Más, por íntimos y misteriosos coloquios, comprendió San Francisco que, siendo incompatible la inmortalidad de Serafín con la flaqueza de padecer, no por martirio de la carne, como él había deseado, sino por incendio de amor, quedará transformado en imagen viva del Redentor. Y como si el fuego del divino amor, superior en poder y eficacia al fuego material, que quema y transforma los cuerpos, se hubiera apodrrado por completo de San Francisco, pareció como un volcán de encendidísimo amor en su interior, mientras que sus aberturas misteriosas en forma de llagas, se descubrían en su exterior, teniendo atravesados sus pies y manos por extraños clavos de adolorida carne, con sus cabezas por un lado y sus retorcidas puntas por el opuesto, y en el costado derecho una herida ancha y profunda, como si el hierro de una lanza la hubiera causado, con sus labios enrojecidos por la sangre que de ella derramaba. Con esto se completó en el Serafín humano, San Francisco, la imagen del Redentor; y así, al bajar del monte, vino la efigie del Crucificado, no figuraba en talla de piedra o madera, por mano del hombre, sino impresa y delineada en su carne con el dedo de Dios vivo.

Oración

Oh, Padre mío Santísimo, señalado con las sangrientas señales de la Redención, haced que yo como hijo vuestro, participe de esas fuentes y manantiales de amor y de dolor: la Iglesia asegura que el renovar Jesús en Vos esas llagas de su Pasión, cuando el mundo estaba frío e indiferente, fue para inflamarlo de nuevo por Vos y vuestros hijos en el divino amor. ¡Hijo vuestro soy! Conseguidme pues, Padre ío, ese amor a Dios y ese dolor de mis pecados, a fin de que Jesucristo crucificado reine en mí, y, por Él, sea admitido en la gloria de la resurrección. Amén.

Día Noveno

Consideración

Considera la muerte de San Francisco. Dos años vivió todavía en este mundo, si puede llamarse vida del mundo, la que vivió después de la impresión de las sagradas llagas. Herido de muerte por el amor divino, San Francisco vive y no vive, muere y no muere; vive muriendo y muere viviendo. "¡Ay de mí! -exclama sin cesar, que no sé otra cosa que a Jesucristo y este crucificado; para mí el mundo está ya crucificado y yo estoy crucificado para el mundo; con Cristo estoy clavado en la cruz y en mi cuerpo llevo impresas sus estigmas; vivo yo, mas no yo, sino que Cristo crucificado vive en mí". Sentado en humilde jumentillo, por no poder andar por las llagas de los pies; sin vista en los ojos del cuerpo, que la había perdido del excesivo llorar; con las manos taladradas y recogidas delante de su abierto costado en forma de cruz, el llagado Padre San Francisco, acompañado de sus compasivos y tiernos hijos, recorría los pueblos y ciudades, repitiendo, entre transportes divinos, esos amorosos suspiros. 

Los últimos días encruelecidos los dolores del Serafín agonizante, pidió perdón a su cuerpo, ahora sagrado por las llagas, de haberle maltratado antes en provecho del espíritu, dictó su admirable testamento, en que dejó no oro, ni plata, ni palacios, ni posesiones, ni gloria mundana, que nada es u como el humo acaba, sino lo que tanto vale y tan conforme es a nuestra pobre alma. Nos dejó el recuerdo inalterable, de su humildad profunda, de su caridad inmensa, de su celo ardiente, de su amor a Dios que fue inexplicable. Nos dejó tres Reglas, que han enviado al cielo innumerables Santos; nos dejó en fin, su bendición, que dio, al tiempo de morir a sus hijos presentes y a los que le sucedieren hasta el fin del mundo. Como el momento se aproximaba, se tendió desnudo como Jesucristo, sobre el suelo duro y extendió sus llagadas manos en cruz; sus pobres y afligidos hijos lloraban inconsolables al ver que pronto iban a perder el Padre que tanto amaban; él rezaba, con voz clara y sonora el Salmo 141, y al terminar el verso que dice: "Señor, sacad de mi alma esta cárcel", entregó su espíritu. Su alma en forma de refulgente estrella, rodeada de luz clarísima y precedida de inefables resplandores, fue vista cruzar las nubes y subir al cielo.

Medítese y pídase la gracia que se necesite.

Ejemplo

Entre las portentosas maravillas que se cuentan de nuestro Padre San Francisco en su vida, una es el haberle aparecido, en cierta ocasión Jesucristo sentado sobre una piedra que servía al Santo de mesa y, con familiaridad de amigo hablándole de la protección que dispensaría a su Orden después de su tránsito, le reveló cuatro cosas, que demuestran, claramente, el amor que Nuestro Señor tiene a nuestra Orden, y la voluntad que tiene de premiar, aún con bendiciones temporales, cualquier bien que se le hace La Primera, que nuestra Orden duraría hasta el fin del mundo; la segunda, que todos aquellos que la persiguen maliciosamente, no vivirán muchos años, a no ser que se convirtiesen, y querecompensará cualquier bien que se le hiciere; tercera, que el que en su Orden quisiera vivir mal, no duraría mucho tiempo en ella y cuarta,  que los que perseveren fielmente en ella, tendrán una santa muerte. Estos favores son muy grandes, es verdad, pero no olvidemos que exigen, de nuestra parte, una fiel correspondencia a la gracia del Señor, el cual nos la conceda a todos. Amén.

Oración

Gloriosísimo Padre San Francisco, triunfado del mundo, demonio y carne; imagen viva de Jesucristo, Serafín encendidísimo, Patriarca de los pobres, dechado de los sencillos y humildes de corazón, Mártir del amor y Estrella resplandeciente del espíritu; desde el altísimo trono de gloria que ocupáis, tan cerca del Señor, dirigid una mirada, benigna y amorosa, sobre nosotros, hijos vuestros, que estamos gimiendo aún y suspirando en este valle de lágrimas. Mirad a los hijos de las tres Órdenes que fundasteis como tres divisiones del ejército de Cristo; amparadnos con vuestra poderosísima protección a todos, para que, siguiendo vuestro glorioso estandarte, con el espíritu de fervor que nos dejasteis por herencia, triunfemos de nuestros enemigos y consigamos vernos todos juntos en el reino de la gloria. Amén.

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